Jacquetta Hopkins Hawkes

Conociendo a la señorita Jacquetta

En 1933, cuando la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia celebra su conferencia anual en Leicester, el padre de David, Frederick Attenborough, que es director del University College de la ciudad, invita al presidente de la Asociación, Sir Frederick Gowland Hopkins, a alojarse con la familia.

Hopkins había sido el primero en identificar las vitaminas —y probablemente también en darles ese nombre—, trabajo por el que había recibido el Premio Nobel. Sir David lo recordaba como un anciano encorvado y de cabello blanco.

Pero quien realmente llama su atención es la hija de Hopkins: Jessie Jacquetta Hopkins. Para el joven David es la mujer más hermosa que ha visto jamás. Tan fascinado está que pregunta a su madre si cree que la señorita Hopkins querría ver su pequeño museo.

Su madre le dice que se lo preguntaría. Y la señorita Hopkins responde que sí.

Jacquetta Hawkes, en la escavación de Harristown Passage Tomb, County Waterford, Irlanda, que ella dirigía en 1939. Fotógrafo desconocida.
Jacquetta Hawkes, en la escavación de Harristown Passage Tomb, County Waterford, Irlanda, que ella dirigía en 1939. Fotógrafo desconocida.

El pequeño museo de Sir David

El museo de Sir David era, como él mismo diría más tarde, parecido al de muchos niños de siete años.

La pieza central es su colección de fósiles recogidos en las rocas de Leicestershire. También tiene mariposas, huevos de pájaros —algo que entonces es legal—, nidos abandonados (entre ellos un nido de carbonero de cola larga cubierto de líquenes, que es una de sus piezas favoritas), monedas de un centavo, castañas de concurso (castaño de Indias), la piel mudada de una culebra y un fragmento de ladrillo romano recogido cerca del Jewry Wall (museo de la juería) de la ciudad.

Para una visitante tan importante como es la de la señorita Hopkins, Sir David prepara cuidadosamente su colección. Escribe nuevas etiquetas a mano para cada objeto y coloca todo en un largo estante que recorre el invernadero donde tiene sus peceras.

La señorita Hopkins baja desde la habitación de invitados del piso superior y Sir David le muestra orgulloso cada pieza de su colección, explicándole con gran detalle qué es cada objeto y de dónde procede.

Días después, el cartero llega con un enorme paquete envuelto en papel marrón dirigido al joven David. No es su cumpleaños ni es Navidad, las únicas ocasiones en las que él piensa que alguien puede recibir un paquete.

Al abrirlo descubre que proceded de la señorita Hopkins: «he disfrutado mirando tu museo, ¿te gustaría agregarle algunos objetos?».
Dentro hay un nautilo nacarado, un pez pipa disecado, teselas romanas, una moneda de plata medieval, fragmentos de cerámica anglosajona, conchas de Cauri del Pacífico y trozos de coral.

Cada pieza está envuelta por separado. Cada una es un tesoro.

Este resulta ser uno de los días más memorables de su infancia.

De Miss Hopkins a Jaquetta Hawkes

Con el tiempo, la señorita Hopkins se convertiría en Jacquetta Hawkes, la reconocida escritora y arqueóloga británica, y posteriormente en la esposa del escritor J. B. Priestley.

Años más tarde, aproximadamente un cuarto de siglo después de aquella visita, Jacquetta Hawkes aparece como invitada en el programa de la BBC «¿Animal, Vegetal, Mineral?», un popular concurso televisivo sobre arqueología e historia.

Sir David aprovecha la ocasión para recordarle el episodio de su infancia. Ella responde que lo recuerda bien, aunque él sospecha que quizá solo está siendo amable.

En cualquier caso, el regalo que le había enviado años antes tuvo un efecto duradero: reforzó su entusiasmo por coleccionar fósiles.

Jacquetta Hawkes y su segundo esposo J. B. Priestley

Sir Attenborough

Me parece que el mundo natural es la mayor fuente de excitación, la mayor fuente de belleza visual, la mayor fuente de interés intelectual. Es la mayor fuente de tanto en la vida que hace que valga la pena vivirla.